La vida
cotidiana
Trujillo
representó una etapa en la vida del país
imposible de reivindicar, a despecho de lo que pretenden entre nosotros
muchos panegiristas de ese régimen con influencia todavía en nuestro quehacer
político, y gente que trata por ese medio de justificar sus propios errores y
claudicaciones pasados. Trujillo fue un tirano sanguinario y corrupto, que
actuó siempre con mano impiadosa contra todo asomo de oposición. Fue un hombre
incapaz de inspirar sentimientos nobles o grandes empresas nacionales, que no fueran
aquellas concebidas para su propio beneficio personal.
En
él, a diferencia de otros tiranos de su época, los únicos métodos válidos de
interpretación de la realidad, fuera política, social o económica, eran la
represión y la intimidación, en cuya aplicación se le reconoció siempre
verdadero virtuosismo y crueldad incomparable.
Con
respecto a los colaboradores de la tiranía trujillista y sus aportes al país,
se ha orquestado toda una leyenda intentando justificar la sumisión que siempre
existió a su alrededor, en la pretensión de que muchas de sus obras fueron
positivas. Hay que reconocer que los propulsores de esa fórmula de evaluación
histórica han tenido un éxito relativo. Nada más hay que ver cómo jóvenes que
sin la menor idea del terror imperante en esa etapa funesta de la República, se
hacen eco de aquellas voces irresponsables que se atreven a señalar que
entonces se estaba mejor que ahora. Peregrina afirmación basada en el desorden
que ha caracterizado la vida nacional después de su muerte y que es herencia
viva de aquel régimen de oprobio.
Existe
entre nosotros la tendencia a valorar la tiranía de Trujillo única y
principalmente sobre la base de sus realizaciones materiales. Estos parámetros
de medición son inadecuados y no permiten un enjuiciamiento correcto de la fase
que vivió el país en el interregno 1930-1961. Anteponer a la libertad y al
desarrollo social y económico, la construcción de unas cuantas carreteras, por
importantes que éstas hayan sido, o la edificación de hospitales y escuelas,
mercados y locales del Partido Dominicano, es un absurdo intento de justificar
la supresión de los derechos ciudadanos y las más crueles formas de tortura y
represión que existieron en aquella época.
Fueron
muchas las causas de la caída de Trujillo: la degeneración del régimen, la
degradación moral del tirano y el hastío que el estancamiento social y la
férrea represión fomentaron en la sociedad. Sin embargo, se pueden apuntar dos
hechos sobresalientes. Primero el intento de asesinato del presidente Betancourt,
de Venezuela, en junio de 1960, que provocó el aislamiento total del régimen, y
el todavía más grotesco asesinato de las hermanas Mirabal, a finales de
noviembre de ese mismo año.
Este
último acontecimiento rompió los débiles lazos que todavía unían a Trujillo con
importantes sectores de la sociedad dominicana. Naturalmente, estos dos hechos
fueron secuela de las expediciones de junio de 1959, que marcaron el principio
del fin de la etapa de sombras que oscureció a la nación por más de treinta
años.
Pamela
De León Méndez
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